(Relato en primera persona desde la perspectiva del Líbero)
Me despertó el sonido taladrante de una alarma de celular. En esos primeros instantes entre el sueño y la vigilia vi que dónde esperaba encontrar a Fede durmiendo con la boca abierta, había un ingeniero pelado que sonreía dormido. Vi en el piso, que había estado tapado de zapatillas, ojotas y ropa de Fede, a Fede en posición fetal en un colchón, y en la cama de abajo a Cape que con los ojos abiertos me miraba y me invitaba a ver el partido de las chicas. “¿Vamos gordo?” me dijo, yo le respondí “dale, pero apaga la puta alarma de una vez”, “es tu celular”, sonrío. Apagué esa pieza de tecnología de punta que me acompañaba y me dormí un rato más. Al rato me levanté, acompañado de Emilio y vi como Cape revolvía un bolso rosa (sé lo que están pensando “¿cómo sabés que era rosa, si sos daltónico?”, bueno, confíen, era rosa) y decía algo incomprensible respecto de una libreta, un DNI que no estaba, un registro y Samy. Yo dije que sí, no sé a qué, pero sí. Bajé a desayunar y entre café con leche y panes con mermelada alguien me preguntó cómo estaba el equipo. Apareció en mi mente el recuerdo de un principio de vómito de la noche anterior y una voz infernal que decía “no, no te preocupes, no vomitaste”, decidí no darle importancia y asumir que había sido parte de un sueño de alcohol. Creo que respondí que el equipo estaba bien, que habíamos jugado muy bien hasta el momento y que habría que ver como reaccionábamos esta mañana. Fuimos hasta el gimnasio hablando de esas cosas que la gente habla a esas horas de la mañana y llegamos para encontrar que las chicas le estaban dando una paliza TREMENDA a córdoba, 11-4 o algo así. “No me desperté todavía, eso está claro” fue lo único que atiné a pensar, pero no, al parecer estaba despierto y el marcador era parte de la realidad. Las chicas de remeras blancas con detalles en morado estaban en llamas. Tenían una opuesta morocha, más cerca de los cuarenta que de los 30, que no podía parar de castigar a las cordobesas que evidenciaban pánico en sus rostros. Una defensa sólida que era la base de contraataques letales de la mano de centrales y puntas que llevaron a las que decían ser nuestras compañeras a ponerse 18-10 arriba. Hasta que……. Flor bloqueó a una de las de amarillo y todas decidieron que había que festejarlo y se fueron a abrazar, pero las rivales (de casualidad) evitaron que la pelota picara y la mandaron como pudieron para el otro lado, donde las chicas festejaban anticipadamente. Ahí se derrumbó el equipo. No pudieron reencontrar el rumbo, dejaron que el otro equipo se agrandara y perdieron el set ajustadamente, después de ir ganándolo por 10 puntos. Una lástima, porque lo tenían. Al segundo parcial las jugadoras del centro del país salieron decididas a no dejar levantar a un equipo que había quedado golpeado y lo lograron, les sacaron 5 puntos de ventaja (que después fueron 10) y el partido parecía terminado 21-14 en contra nuestra. Pero vino una serie de saques de Flor, bancados por una serie de defensas de Andre (no me acuerdo si las defensas fueron exactamente acá, pero fue destacada su actuación en este rubro y había que mencionarlo) que llevaron el set 21-21 y al cagaso generalizado de las cordobesas. Pero no pudo ser, un error en el saque para poner 22-21 la historia y un error aquí y allá definieron la historia y terminaron la participación de las niñas en este torneo. Fue un partidazo y jugaron MUY BIEN, se les fue por nada, pero lo más destacable sin duda es las sonrisas que todas tuvieron una vez terminado el match (muy distintas a las caras de culo de la primer derrota). En el viaje de vuelta al hotel (a los muchachos nos esperaba el segundo desayuno que Pedro había comprado), un interlocutor X me preguntó “¿Cómo estará Fer?” y después un interlocutor Y se me acercó para decirme “¿tienen armador para hoy?”. El Ferné dio paso a la memoria, las imágenes de la noche anterior se precipitaron sobre mí. A esto se le agregó el comentario de aquellos que habían dormido conmigo en el cuarto y decían que el violento y yo habíamos roncado como nunca, producto de una clara relajación etílica. Concluí que “Juega el mejor partido de su vida o da lástima hasta que Pedro lo cambie” y empecé a rezarle a un dios en el que no creo.
Abrí la puerta del cuarto con el corazón en la boca y encontré al motivo de mis preocupaciones despierto, toalla en mano, yéndose a lavar la cara. “¿Estás bien?”, “Apenas mareado, pero si, bien”. Bajé a desayunar yogurt, con jugo de naranja, con leche sola en vaso de cerveza (una imagen perturbadora), todas bebidas para bajar las facturas, bizcochitos y demás yerbas. Pude ver como mis compañeros compartían mi preocupación por el individuo que llegó tiempo más tarde, todo cambiado, con los auriculares puestos, duro (no de merca, pero duro), que comió alguna cosita pero que le hizo asco en general a esta primera comida. Volvimos a rebolear la pelota (una cábala a esta altura más que nada). Entramos en calor y empezamos a jugar, transpirando gordas gotas de sudor, no por el calor, no por el esfuerzo. Tuvimos otro de nuestros feroces arranques de set dejando pintados a nuestros rivales (Paraná) y realmente nuestro armador se lució. Güor li (nota: castellanización de World League, que indica que lo que está sucediendo es vóley de alto vuelo). Fer Buscó (y encontró) a todos los centrales desde todos lados. Con la bocha separada, pegada, baja o alta, incluso tiró un primer tiempo con golpe de manos bajas. Ganamos 2-0, cuidando las piernas y pudimos irnos a almorzar unos ravioles (bastante ricos) pensando en la semi final que se venía contra Rosario (equipo que el año pasado nos había ganado en la fase de grupos bastante cómodamente).
viernes, 30 de octubre de 2009
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